Por luis velázquez rivera
Ella es trabajadora doméstica. Y mal pagada. Horas de faena laboral sin descansito de unos 10, 15 minutos para respirar. Y sin las prestaciones económicas, médicas y sociales de ley.
Además, el toqueteo del marido de la casa y hasta de los hijos de unos catorce años de edad en adelante.
“Yo me conformo con tocarte unos quince minutos” le dijo un anciano de 70 (setenta) años ofreciéndole unos centavitos.
Lo peor, el riesgo del despido cuando la patroncita amanece con “los demonios adentro”.
Cada día, la sobrevivencia. Una especie de viaje al infierno dada la inestabilidad laboral.
Con frecuencia, laborando de casa en casa. De lunes a sábado. A veces, hasta el domingo, ejemplo, si hay visitas. O se atraviesa el cumpleaños de un familiar.
En su vida ha sido como el “Mil Usos”. Multiplicidad de chambas.
Vida dura y ruda.
En el caso, trabajando en el mercado y en una fonda. Vendiendo tortas y dulces de casa en casa. Cuidando niños mientras los padres están en la oficina y/o en el negocio. Vendiendo pan. Incluso, boleando zapatos.
A los quince años, en lugar de la fiesta de quinceañera, fue casada. Su primer hijo venía en camino.
Al lado de su pareja, otra hija.
Y a los veinte años, los hijos menores, el marido se volvió migrante en Estados Unidos con la promesa, primero, de enviar la quincena. Y segundo, llevarse a la familia.
Unos meses así, soñando y flotando. Luego, el silencio.
Y de pronto, el trascendido de que el marido tenía pareja en EU y le pedía el divorcio.
Y el infierno, su infierno, comenzó derecho, derechito a su Gólgota.
Con estudios de la escuela secundaria interrumpidos apenas, apenitas, pudo quedarse como asistente doméstica.
El par de hijos a cargo de su señora madre. A veces, cuando había luna llena, de los abuelos paternos.
Se llama Berenice. Bere para la familia y las amigas.
Ella nació en Veracruz hace cinco décadas y creció en medio del cielo, pero más del infierno.
En la adolescencia, por ejemplo, la vida fascinante con el olor de la cocina de su madre y abuela.
Aprendiendo a cocinar desde una sopita de fideo con trocitos de jamón nadando en el plato sopero y enchiladas de mole hasta carne asada y filetes de robalo con verduras, y más con brócoli, el platillo delicioso del abuelo.
Enchiladas de mole y chilaquiles y tamales y tacos, una de sus especialidades.
Las bolitas de masa.
Las albóndigas en caldito de tomate ligeramente picoso y dulce.
El olor del brasero con el comal de barro cocido y echando tortillas.
Aquel aprendizaje de tanta utilidad muchos años después (como hoy) cuando labora de asistente doméstica.
Vaya, hasta con la inducción de las amigas para escribir un libro sobre los sabrosos platillos rancheros.
El olor de la panadería del abuelo haciendo pan para vender.
El infierno tan temido…
Los días en los días de una trabajadora doméstica:
1) Barrer la casa en los dos pisos y pasar jerga. Y todos los días con la escoba y la jerga en la mano. Los lunes, los martes, los miércoles, los jueves, los viernes y los sábados.
2) Y apurarse para cocinar la comidita del mediodía. Y para una familia de unos cinco, seis miembros.
3) Y programar el tiempo para lavar. Y la ropa blanca y negra aparte.
4) Y para planchar, digamos, un día a la semana. Y pasar horas con la plancha en la mano.
5) Unas asistentes domésticas, llegando a la chamba a la siete de la mañana para salir entre las 5 y 6 de la tarde. Otras, sin embargo, con la obligación de quedarse a dormir de lunes a sábado… por si a deshoras las necesitan.
6) Un tiempecito cada día pasear en el parque de la esquina las mascotas de los niños.
7) En unos casos llevar el desayunito a la señora de la casa a su recámara. Y estar ahí, de guardia y de pie, pendiente de sus necesidades gastronómicas. Y en silencio.
8) Y cuidado si la trabajadora doméstica habla por el celular porque bien se expone a una despedida inminente.
9) Nada rige el pago laboral. Unas ganan 400 (cuatrocientos) pesos diarios. Otras, quinientos, lo más. Y sin Seguro Social. Y si enferman… a la farmacia del doctor Simi donde hay médico de guardia cobrando cincuenta y cien pesos de consulta.
10) ¡Vaya vida digna! Todos los días y todos los meses y todos los años repitiendo la misma faena. Y sin poder soñar con otra vida. Digamos, otro tren de vida.
¡Ay, la liberación femenina!
Cierto, pero la liberación femenina está construida, hoy, hoy, hoy, únicamente para beneficiar a las mujeres políticas.
Digamos, una perestroika parcial.
Un glásnot postergado.
Ni las mujeres indígenas.
Ni tampoco las campesinas.
Ni las obreras, y en donde se incluirían en los tres apartados a las trabajadores domésticas pudieran “tirar la espada en prenda”.
Ellas, diferidas, digamos, para otros tiempos. Acaso, otro siglo.
El año anterior, en la Ciudad de México apareció un movimiento insurgente de las asistentes domésticas.
Y aun cuando en el viejo Distrito Federal lograron una ley que para determinar el salario mínimo, mínimo y digno, solo fue para la capital del país.
Las trabajadoras domésticas en el resto de la llamada “república amorosa” mujeres de cuarta, quinta, sexta clase social.
Un día sin asistente doméstica
Hay Colectivos de Desaparecidos integrados con padres de familia y buscando a los suyos. Hijos. Hijas. Parientes.
Hay ONG reclamando un freno y justicia para las mujeres feminizadas.
Hay grupos de Alcohólicos Anónimos.
Y Tragones Anónimos.
Y Sicópatas Anónimos.
Y, bueno, ¿dónde están los grupos de derechos humanos para encabezar la lucha laboral de las trabajadoras domésticas?
En Estados Unidos, por ejemplo, un día sin migrantes “poniendo de cabeza” a patrones norteamericanos”.
¡Ay, un Día sin Asistentes Domésticas en Veracruz y en el país!
Sería un desastre social.
El caos. La locura social. Y en todos los niveles.
Caray, con tantas trabajadoras domésticas bien puede formarse hasta una asociación política camino a un partido político.
Dueñas de sus vidas, ajá…
Antes, mucho antes, las empleadas del hogar, entre tantos otros grupos sociales, tenían el paraíso terrenal, por ejemplo, en la ciudad jarocha.
Cada sabadito el bailongo de salsa y danzón en el salón “Villa del Mar”, allí donde Agustín Lara filmara una película.
El sabadito en la noche era de ellas. Con o sin galanes y que, la vida es así, allí solían encontrar luego de 4, 5, 6 horas de baile desde las diez pm hasta la madrugada.
Más, porque el domingo en las mañanas y al mediodía y la tarde también les pertenecía.
Ellas, dueñas de sus vidas. Y su libertad. Y su dignidad.
Ahora, ni salón “Villa del Mar” ni otros salones anexos y conexos.
En medio de dos mundos…
Empleadas del hogar luchando por conservar los hijos a su lado.
Y el marido obsesionado con quitárselos.
Incluso, con sus ex parejas como migrantes en Estados Unidos. Y viviendo con otra mujer. Y otros hijos.
Ellas, en el doble, triple papel. Como madres solteras o divorciadas.
Y como padres.
Y chambeando para garantizar el itacate y la despensa en casa.
Haciendo milagros con el exiguo salario.
La vida dura y ruda y difícil de la trabajadora doméstica.
Por ejemplo, cuando con frecuencia se han encariñado con los hijos de los patroncitos, de pronto, ¡zas!, el manotazo del despido.
Y sin avisar con anticipación.
La empleada del hogar en medio de dos mundos:
El mundo limitado en su casa.
Y el mundo pudiente en la casa de los patrones.

