Veracruz, gigantesco charco de sangre.
Veracruz, ensangrentado.
En Coatzacoalcos, feroz ataque de malandros a dos personas viajando en una camioneta; ambos murieron.
En Playa Vicente, Zulema de la Luz González Cisneros fue asesinada; un feminicidio más.
En Omealca, un hombre fue ejecutado al resistirse a un “levantón”.
Pero, y por ventura, el pachangón de pueblo en pueblo.
“Veracruz, de moda”.
En Alvarado, “la minilla de pescado más grande del mundo”, ajá y en Orizaba, haciendo la competencia a Xalapa con los pambazos más sabrosos del planeta.
La sangre violenta galopando en los cuatro puntos cardinales de la entidad jarocha y de cara al Golfo de México y en donde, por cierto, también han flotado cadáveres.
Además, claro, en los ríos y las lagunas, los panteones de los malandros.
Los días bellos de Veracruz únicamente en la imaginación.
En el día con día se vive con miedo, “miedo al miedo”, pánico, temor y terror.
Simplemente, nadie tiene la vida garantizada.
Incluso, ni teniendo escoltas ni guardaespaldas.

