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El infierno de la prensa latina

Este reportaje de Noé Zavaleta fue publicado en Al Jazeera, el medio del Medio Oriente del que es corresponsal en México y América Latina. Noé, honrando a Veracruz

El periodismo y su cercanía o alejamiento con el poder -sea de izquierda o de derecha- en América Latina (LATAM) vive momentos convulsos: De tensión, peligro, animadversión y una clara confrontación regida por aquel viejo refrán popular de “estás conmigo o estás contra mí”.

En México, El Salvador y Venezuela hay periodistas que están en prisión por escribir artículos que incomodaron o irritaron al poder en turno. En países caribeños como Cuba ni siquiera hay circulación de prensa cuyos propietarios de periódicos o de radiodifusoras sean de la iniciativa privada. Sólo está el “Granma”, el periódico oficial del Partido Comunista Cubano, dicho tabloide no informa, adoctrina, primero la revolución y la fidelidad al régimen, luego lo demás, que no es tan importante.

Es más, en Cuba, la prensa extranjera tiene que “disfrazarse” de turistas para poder hacer periodismo en la isla socialista. Recientemente, unos colegas colombianos fueron a cubrir a La Habana el desabasto de gasolina, la hambruna entre la población y la extinción del turismo, a propósito del férreo bloqueó del capitalismo de Estados Unidos a Cuba. Los periodistas sudamericanos tuvieron que disfrazarse de un “matrimonio feliz” que sólo buscaba disfrutar de caminar el casco histórico de La Habana vieja, platicar con los nativos y descansar en las playas de Varadero para poder hacer su trabajo. Siempre con total cautela al momento de grabar con la videocámara del teléfono móvil. Ese tipo de periodismo aún persiste en países de América Latina en donde la dictadura del gobierno -sea de izquierda o de radical derecha- decide qué se pública y que no.

¿Dónde queda la democracia en América Latina?, el ejercicio de libre convivencia y opinión social solo se permite, siempre y cuando no se dañe sensiblemente al régimen que gobierna. Una utopía, una quimera, un idilio el libre ejercicio de reportear y escribir lo que uno ve. 

En México, mi país, gobernado por una izquierda que impulsa el humanismo, confronta al neoliberalismo y pondera la austeridad republicana y cuyo lema oficial es “primero los pobres” ha establecido una narrativa oficial de desmentir y a atacar a todo aquel periodista o medio de comunicación (televisión, periódico, página web o podcast) que crítique públicamente la forma de administrar el presupuesto o la estrategia de combate al narcotráfico y a las altas cifras de inseguridad.

“Prensa carroñera”, “integrantes de la mafia del poder”, “buitres sin escrúpulos”; “prensa conservadora”, “prensa vendida”, “mentirosos, calumniadores”; “desinformadores profesionales”; son solo algunos de los adjetivos que los últimos dos presidentes de izquierda de la República en México, Andrés Manuel López Obrador y la actual, Claudia Sheinbaum han endilgado a varios integrantes de la prensa por criticar actos de corrupción, la colocación de familiares de altos mandos de la política en otras áreas de gobierno o de condenar la fallida estrategia de seguridad. 

Caminando un poco más hacía el límite, la gobernadora de Campeche, la izquierdista, Layda Sansores mandó a detener con su policía al periodista, Jorge González a quien acusó de los delitos de “calumnias” y “delitos de odio” en contra del gobierno. La presión social y de otros periodistas evitaron que González se quedará en prisión, sin embargo, un tribunal de Campeche resolvió que durante dos años el periodista no podrá ejercer su profesión. ¿De qué ira a vivir o a laborar el periodista?, ese será su problema. El silencio y terrorismo laboral en toda su expresión. Casos similares han ocurrido en otras entidades gobernadas por la izquierda como Veracruz -hay una acusación ridícula contra un periodista acusado de “terrorismo” por grabar una detención ilegal de un civil con su teléfono-, Morelos.

Mención aparte merece, la Ciudad de México, en donde su jefa de gobierno, Clara Brugada -quien gobierna una ciudad de más de 20 millones de habitantes- ha intentado interferir en la línea editorial de la prensa, sugiriendo “bajarle de tono a las notas de violencia” o de evitar hacer escándalo “no quiero ver titulares así” -suele quejarse- con notas alusivas a crisis de salud. Dejando en claro, que ahora en pleno 2026, la jefatura de redacción se puede dirigir desde la silla principal del gobernante en turno. El “gatekeeper” ejercido desde la máxima autoridad del poder. Al psicólogo social, Kurt Lewin, inventor de la figura periodística del “guardabarreras” le daría un infarto de enterarse como los políticos destrozaron su concepto periodístico.  

A 7 mil, 800 kilómetros de distancia de la izquierdista Ciudad de México se encuentra Buenos Aires, la capital argentina, ahí donde gobierna, el derechista, ultraliberal y economista, Javier Milei quien en una situación similar a la de México, mantiene el acoso y hostigamiento contra la prensa porteña. Ocho periodistas han sido denunciados en los últimos dos años, ¿adivinen por qué?, sí, por las mismas razones que la izquierda denuncia en América del norte, por injurias y calumnias. 

Aquí los adjetivos-insultos de Milei a los periodistas son por demás elocuentes: “Mandriles”, “zurdos de mierda”, “basuras humanas”, “prostitutas de la narrativa” y una frase que revela mucho la postura del poder en franca confrontación con la prensa latina: “No odiamos lo suficiente a los periodistas”.

Una polarización social que más allá del transmisor, habría que ver los daños y efectos que causa en los fieles militantes de ese líder social que ataca a la prensa.  

En octubre pasado, estuve de visita en Buenos Aires. Una semana caminando la capital más europea de América Latina, leyendo periódicos, platicando con reporteros, con la gente. Las conclusiones eran previsibles, los medios hegemónicos en franco apoyo a la narrativa oficial, de respaldo al economista y estadista Milei, esa prensa viviendo momentos económicos boyantes, mereciendo la abundancia económica; en la moneda de enfrente, la prensa crítica siendo atosigada, denunciada penalmente y estigmatizada desde las más altas esferas del poder. Campañas de descredito pagadas por el erario. La ultraderecha ejerciendo su brazo opresor. 

El periódico tradicional La Nación en Argentina ha contabilizado más de 400 insultos del derechista Milei hacía la prensa de ese país. Cualquier parecido con los izquierdistas, López Obrador en México; Bukele en El Salvador; Petro en Colombia y Maduro en Venezuela es mera coincidencia. 

¡Pura política ficción!, solía decir, Carlos Salinas de Gortari un expresidente mexicano del centro izquierda, PRI cuando la prensa lo sorprendía en flagrancia en uno más de sus actos de corrupción.  

¡Oh paradoja!, pensé, mientras contemplaba en una noche obscura el Obelisco -el monumento icono de la Argentina construido 90 años atrás-, izquierda mexicana y derecha argentina tan parecidas, tan coincidentes, tan sensibles la crítica social y mediática, tan represoras para quienes no concuerdan con sus verdades absolutas y las exhiben, las critican-… de alguna metafórica forma: Las desnudan, tan mentirosas, tan narcisistas, tan conformes con una suficiencia 

Lo dijo mejor, hace varios siglos, el monarca francés, Luis XIV: “El Estado soy yo”; la centralización máxima del poder, sin derecho a cuestionar es infinita.    

En América latina la democracia es una simulación. La sana convivencia social entre poder y prensa llega hasta que los intereses económicos y de supremacía de la primera, no se vean afectadas por la segunda; la libertad de prensa es efímera, en varios países de Latinoamérica se ejerce por “cuentagotas”, el libre derecho a pensar y expresarse en varios países latinos es acotado. Cómo beber un vaso de agua pequeño en medio del desierto. 

En Venezuela, cayó Nicolás Maduro, pero no cayó el régimen socialista que lo gobierna. En Caracas, mis colegas venezolanos me reportan pocos cambios a las épocas del chavismo: Represión vigente, no hay periódicos en papel desde hace una década, no hay credibilidad en la poca prensa que existe porque es doblegada al régimen bolivariano; los periodistas críticos ya fueron exiliados del país, por el bienestar de la república. 

La población no escucha noticias en Venezuela porqué siente que no les aporta nada. Esa estampa cotidiana en Latinoamérica de oír noticieros de radio mientras se maneja un auto o se viaja en un taxi, en Caracas y otras ciudades venezolanas no existe.

En el caso más extremo de Venezuela está el veto a Twitter -antes X- y al chat gpt, ambos prohibidos por el bien de la seguridad nacional. El venezolano que quiere informarse tiene que comprar costosas VPN para navegar en periódicos digitales del exterior para así leer prensa crítica alusiva a su país. Y claro, hacerlo en total clandestinidad. 

Chile, uno de los países más desarrollados de América Latina vive una bipolaridad muy suigéneris, llevan 24 años transitando de la izquierda a la derecha y viceversa (cada cuatro años transitan en polos opuestos). Y en ese esquema viven una polarización extrema, tan pacífica, como surreal.

En el país andino, cada periódico tiene su etiqueta: “Ese periódico es zurdo”, “este es de ultra derecha”; “este desinforma”, “este da pura Fake News”, “esta siembra el miedo”, “este otro dice que Chile se cae a pedazos”, “este que somos la mejor economía”. Una polarización digna de un análisis sociológico y mediático. 

En septiembre pasado, estuve en Santiago de Chile, en Los Andes y en la rica y derechista zona sur del país andino me sorprendió ver cómo a cada noticia “lanzada” en un periódico, en un reel de tik ok, en una capsula televisiva, el receptor -fuese de ideología derechista o izquierdosa- buscaba otras opciones alternas a la verificación de la información (Chat gpt, Inteligencia Artificial, páginas opositoras) y no conforme con ello, crear una versión propia a partir de la verificación de datos en ese manicomio social que son las redes sociales. Llegue a pensar que tal vez, sino el periodismo, si la opinión pública estará en la múltiple consulta de fuentes. 

En Ecuador, sucede algo extraño, hay una legislación que data del 2013 y que está regida por una estricta Ley llamada Orgánica de Comunicación (LOC), mejor conocida como “Ley mordaza” -un auditor o fiscalizador que devenga salario por el erario- decide que sanciones y control se ejerce sobre ciertas publicaciones. Dicho de forma más sencilla una censura institucional.

Las eternas confrontaciones de izquierda y de derecha en lo más alto y mediano del poder continuaran. El papel del periodista hoy más que nunca sufre una estigmatización y una banalización del trabajo como nunca se ha visto. 

El desdén desde la izquierda o desde la derecha del poder vulneran el trabajo periodístico; lo ponen endeble frente a su lector o televidente; sin embargo, desde cada trinchera: radio, prensa o televisión, cada periodista continúa abriendo brecha para que su trabajo llegue a la audiencia con la que quiere conectar. A final del día, las acciones represoras y de censura de políticos de izquierda o de derecha, son muy parecidas y cada vez, gracias a la tecnología, encontramos herramientas para enfrentarlos.