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La belleza de un artículo periodístico 

"Cuanto más viejo, más corrijo; además, la paso muy bien corrigiendo, es como esculpir y sacarle al mármol todo lo que sobra": Martín Caparrós

El periodista Noé Zavaleta, corresponsal en México y América Latina de Al Jazeera, entrevistó al escritor y periodista Martín Caparrós.

La belleza de un texto consiste en que cada palabra parezca necesaria, que no haya una palabra, que uno pudiera pensar que no deba de estar, que cada palabra se haya ganado su lugar en un artículo, asegura el escritor, periodista e historiador argentino Martín Caparrós. Lo dice mientras bebe un sorbo de un café expreso y se acicala su peculiar bigote blanco en una cafetería en Torrelodones, comunidad de Madrid, España.

¿Encontrar las palabras correctas? pregunto y de inmediato me responde: “Nunca poner una palabra sólo para no repetir una que has puesto cinco líneas más arriba, sino ponerla cuando realmente corresponde y que esa sea la que mejor dice y describe lo que estás diciendo. Por supuesto es una ilusión, porque siempre hay otras formas de decir las cosas, pero producir esa ilusión de que esa palabra tiene que estar produce placer, me gusta trabajar en ello”.

Caparrós es una autoridad en el periodismo y la literatura en Iberoamérica: Casi medio siglo ejerciendo como periodista y escritor, más de 30 libros escritos –la mitad de ellos traducidos al inglés, italiano y alemán-, el cronista argentino cuenta cuáles eran sus principales pifias cuando iniciaba como periodista en el periódico “Noticias” en Buenos Aires, Argentina en 1973.

“De chiquito (joven) pensaba que necesitaba demostrar cuánto sabía, escribía complicando más de lo necesario, haciendo estructuras complejas,me daba un poco de ternura que podía demostrar que podía hacer cosas difíciles hasta que me di cuenta de que la verdadera belleza de un texto está en demostrar que no sobra nada, en encontrar lo esencial”.

En cualquier universidad de periodismo de América Latina, España, en el Centro de Investigación y Educación Superior especializado en Ciencias Sociales (CIDE) en México y en la Fundación Gabriel García Márquez (Gabo) en Colombia, revisar la obra periodística y literaria de Martín Caparrós es obligatorio. Caparrós aceptó ser entrevistado por el Instituto de Medios de Al Jazeera para compartirnos algunas de sus lecciones de vida y que rigen su obra periodística que ha traspasado –sin pretenderlo- fronteras.

El autor de “Ñamérica”, su más reciente libro, asegura que le provoca risa la palabra “periodismo de datos” –ríe ahora mismo-, insiste que esa figura, al igual que el “periodismo narrativo” es despectiva para otros tipos de periodismo, y tan ridícula como pensar en una “sastrería de telas”, pues apela una y otra vez, que un periodista trabaja con datos.

“Un periodista trabaja con datos. Creemos que el periodismo de datos es algo brusco. Con muchos números, esquemas. Y no reparamos en que todos esos números se pueden integrar en un buen relato. Libros como “El Hambre”, como “Ñamérica”, doy muchos números, muchos porcentajes, pero los integró en un relato, que les da sentido y que los relacione con situaciones de la vida. Esa idea de solo poner números, escribir como obrero de la información y tal, es reduccionista y pobre”.

La lucha contra el editor…

En los dos años que duró la pandemia del Coronavirus, Martín Caparrós se encerró en su departamento de Torrelodones a trabajar en tres libros (una novela, un libro de crónicas y ensayos y en rehacer “Boquita”, un libro sobre la pasión del fútbol y Boca Juniors), de paso, en un pleito con su editor, con la mano en la cintura renunció al New York Times donde tenía una columna semanal. Sus razones fueron públicas en redes sociales, un editor millenial, opacó de ideas y de directrices autoritarias, le metió una “tijera asesina” a sus artículos. A raíz de ese conflicto, y reparando en que todos los periodistas del mundo hemos tenido “batallas a duelo” con nuestros editores, me lanza la siguiente reflexión.

“Siempre hubiera querido tener un editor que me dijera cosas interesantes, y que me aportara cosas a lo que yo estoy diciendo. El trabajo de un editor consiste en mejorar todo lo posible el texto que otro escribió. Y eso tienen que entenderlo; no imponer a ese texto su propia marca, muy a menudo tratan de transformarlo en un texto del propio editor. Entender, que las formas del otro, de quien hizo el texto, florezcan en su mejor forma.

Caparrós jala aire, saliva, continúa: “Comparto tu molestia con los editores. En mi caso, trato de trabajar en lo que no tenga que entregar ya mismo. Las columnas que ahora hago en El País las escribo diez días antes de entregar, les doy un repasito cada día. Y cada vez encuentro una, dos, cuatro cositas que podrían estar mejor y sí las cambio. Miro lo que he hecho con unos ojos distintos, siguen siendo tus ojos, pero conforme va pasando el tiempo, uno permite discernir dónde están los errores y lo que hay solucionar”.

Si en su novela Julio Verne dio la vuelta al mundo en 80 días, Martín Caparrós ha dejado pocos países sin visitar en 48 años de trayectoria. Con sus crónicas periodísticas ha “retratado” la Argentina, recorrido México, Bolivia, Perú y Centroamérica, ha sido entrevistado en España, Portugal y en Colombia. Ha viajado a Tailandia, a Sudáfrica y a los lugares más inhóspitos de Oriente Medio para contarnos los problemas y placeres de gente que a veces creemos que es muy distinta a nosotros.

Caparrós piensa que el trabajo de uno, en su modo más simple, es averiguar cosas y contarlas. “Hay que ser honestos en el periodismo, verosímiles y astutos”. Marcar las diferencias entre contexto y datos de un personaje.

“No se puede escribir pensando en que se puede molestar x o y, político, empresario o actor social. Hay que escribir lo que te dé, uno tiene derecho a contar lo que vio”.

Caparrós no se muestra tan convencido del uso obligatorio de la grabadora, o en este caso del “récord” de los IPhone, reprocha que el botón rojo lo único que hace es “mejorar nuestra memoria”. Nada como la libreta de apuntes, o en su defecto el block de notas del teléfono móvil.

El café expreso del profesor casi se agota. Quien entrevista toma Aquarius, una extraña bebida de naranja que presume ser baja en sales. A lo lejos se oye el ruido del freno de los trenes Renfe. A lo cerca, el aquelarre de unas señoras madrileñas que cuentan a gritos los pleitos con sus maridos.

Comento con Caparrós la violencia contra periodistas en América Latina y en especial en México, pero también en el otro punto de la moneda, la caída estrepitosa de la calidad en las piezas periodísticas.

“Yo detesto la superficialidad del periodismo, su suficiencia idiota; detesto la vacuidad, la vanidad, la vaguedad del periodismo y lo admiro y lo envidio cuando consigue contar o explicar algo con claridad, con buen estilo, con inteligencia. Lo intento desde hace 48 años y no quiero ni pensar cuánto menos me gustaría mi vida si hubiera hecho otra cosa. El periodismo se ve fácil, aprenderlo no suena complicado, hacerlo y bien es otra cosa”.

El escritor apela y defiende que una tesis básica del periodismo es disfrutar “escuchando” a sus fuentes; ese placer de averiguar lo que uno creía que sabía y no sabía.

“La primera razón será la curiosidad: las ganas de conocer y de contar, esa pulsión rara que no te deja tranquilo hasta que tienes la sensación de que has entendido algo y, por lo tanto, ya puedes contarlo. Pero también puede ser por espíritu de aventura –aunque después la aventura no siempre sea la que uno imaginó. O para encontrar una forma de salir al mundo –o, incluso, de intentar mejorarlo: es una ilusión vaporosa, pero yo creo que, aun sabiendo que lo es, sin ella nada termina de valer la pena. Y el periodismo, artero como es, de vez en cuando consigue convencerte de que lo estás haciendo”.

Hace un par de meses en una graduación de periodistas en España, a Martín Caparrós le tocó ser el maestro de ceremonias de cien futuros nuevos periodistas, confiesa que tuvo dos sensaciones: La primera querer salir corriendo del lugar, la segunda preguntarse: ¿Por qué carajos, cien jóvenes quieren ser periodistas?, tras ambas reflexiones le vino la siguiente preocupación:

“Al periodista le preocupa poder hacer bien su trabajo. Que deban encontrar maneras, un estilo, formas de contar y cosas que contar y esos me interesarán más. A más de uno le diré que robe, que todo está en robar sabiendo, eligiendo a quién y qué se roba: que no hay forma de construirse un estilo que no pase por imitar otros estilos, encontrar en los textos y los modos de otros aquello que querríamos usar y usarlo, apropiárselo, y ojalá, con el tiempo, conseguir, en la mezcla de todos esos trozos ajenos, algo propio. Y que para eso no hay más remedio –no hay mejor, más agradable remedio– que leer, leer mucho, leer con avaricia. Y que nunca entendí cómo hay personas que quieren contar –no escribir, contar, en cualquier medio– pero no leen, que es como alguien que quisiera tocar la guitarra y no escuchara música”.

Para el autor de la novela de no ficción “Amor y Anarquía”, hoy el buen periodista tiene que luchar contra el público, explica que hoy las notas más leídas en la prensa tienen que ver con conflictos banales de actrices y cantantes con “grandes tetas”; de las fortunas de los grandes futbolistas y sus novias; con asesinatos de mafiosos y narcotraficantes; o videos de perritos y gatitos haciendo cosas graciosas. “La guerra de los cliks y likes” que rigen hoy a los grandes emporios periodísticos y que han dejado de lado el buen periodismo que cuenta e investiga el porqué de las cosas.

“Alguna vez se dijo que hacer periodismo es contar lo que alguien no quiere que se sepa; en tiempos como estos se puede suponer que hacer periodismo es contar lo que muchos no quieren saber. Trabajar, de algún modo, contra el público: contra la demanda que estas listas de espectáculos, sangre y deporte muestran. Y ofrecerle lo que creemos que importa, lo que años de aprendizajes y experiencias nos enseñaron que debíamos contar, y seguir creyendo que algún día empezarán a valorarlo”.

Me pareció atrevido, me dio un poco de vergüenza, preguntarle al que yo considero uno de los mejores periodistas del mundo, quien es para él un buen periodista, pero revisando sus textos de Martín Caparrós pude encontrar sí acaso, sus periodistas admirados y ejemplos a seguir: Sus paisanos argentinos, Rodolfo Walsh, Juan Gelman y Miguel Bonasso; el polaco, Ryszard Kapuściński y el mexicano, Juan Villoro.

Caparrós casi se retira, han sido casi dos horas de plática intensa, vertiginosa, de ida y vuelta, de preguntar y escuchar. Ignoró en el mundo árabe, sí alguien por casualidad o causalidad tradujo algún texto de Martín Caparrós, el escritor a quien yo considero el mejor cronista de habla hispana del mundo. A quien muchos ven como el argentino odioso, el excelente periodista sobrado, que no se deja corregir por nadie, que va de país en país presentando sus libros. O cómo él mismo se definió alguna vez en su blog.

“Me han dicho que solía ser insoportable: un pendejo engreído que –ya entonces– no se dejaba corregir; los periodistas, empezaba a entender, somos así”.