Por luis velázquez rivera
La ciudad jarocha es el paraíso terrenal del Estado de Veracruz Libre y Soberano. La ciudad considerada la sala grande de la entidad sede del poder presidencial con Venustiano Carranza y Benito Juárez y, al mismo tiempo, el centro neurálgico de la alegría y el festín de vivir. Más porque el puerto de Veracruz entra por los cinco sentidos: la vista, el oído, el gusto, el olfato, el tacto.
El primer impacto llega con la mirada, por ejemplo, las parejas de ancianos (y chicos) bailando danzón en el zócalo, donde la actriz María Rojo lo bailó en la película intitulada “Danzón”.
Parejas de muchachos vestidos de jarochos y bailando “La Bamba” y “El tilingo lingo” o con la música tocada por el Jaranero de la Iguana en el hombro izquierdo; izquierda que es o será.
Y en cada amanecer, más, mucho más en el verano y la primavera ni se diga, las chicas con blusita y shorcito y tenis galopando en el Paseo del Malecón y el bulevar ejercitando el cuerpo de mulatas sabrosas.
Después, el impacto visual se multiplica con el oído, escuchando tríos y mariachis al mediodía y en las tardes con copitas en Los Portales y en las noches, otra vez los tríos y los mariachis rasgando las cuerdas afinando para la serenata frente a la ventana o abajo del balcón en la casa de la amada.
Tiempo aquel, en el siglo pasado, por ejemplo, con “El Negro Peregrino”, el hermano mayor de Toña la negra, la famosa intérprete de Agustín Lara, y de Víctor Segovia con la voz de barítono y hasta las voces y guitarra de “El Pingüinito” y el acordeón de Amadito y del cantante, tenor y barítono Miguel Ángel Bravo Pagola, dueño de una vozarrona rítmica en las madrugadas “cantando al pie de tu ventana” y las chicas terminaban enamoradas de él por encima del novio.
¡Vaya banquetazo para el paladar! Por ejemplo, con la feroz competencia entre restaurantes y fonditas de los mercados populares con una sazón sabrosa de mariscos. El caldito de robalo y camarones, los pulpitos encebollados, y en rara y extraña competencia con las picadas y las gordas, los tacos y las tortas.
La extraordinaria delicia de los llamados “tacos parados”. Parados, todos, en las calles y hasta avenidas. Salma Hayek, por ejemplo, en Coatzacoalcos comiendo tacos en la vía pública.
Los famosos tacos de “Los michoacanos” en el mercado Hidalgo y ni se digan los volovanes de piña ofrecidos por una chica veinteañera en el estacionamiento de una plaza comercial, donde los albañiles se aparean en fila india para comprar y mirarla y admirarla con un flirteo.
El olor del Golfo de México en las mañanas y en las tardes y, como en “María Bonita”, acariciando las estrellas refocilándose en el mar y que llevó al músico poeta Agustín Lara a exclamar: “Soy cursi y qué”.
La ciudad jarocha despidiendo el aroma de los cientos de kilos de pescados capturadas en la bahía por los pescadores, listos para abastecer el consumo local y el olor de sus cuerpos sudados zambulléndose en el mar luego de la faena matutina y vespertina y el sudor de los cuerpos de los “Viene… viene” dirigiendo el tránsito en calles y avenidas.
El olor del pollo feliz al mediodía, compitiendo con el olor de la paila con los chicharrones hirviendo y en la tarde, el olor de los bisquets recién horneados.
Caray, el aroma de las palomitas edulcoradas crujiendo en la oscuridad de la sala cinematográfica y mirando, por ejemplo, el cuerpo perfecto de María León alternando con el cómico Víctor Uribe en “El club del pie izquierdo”.
Y de ñapa en la ciudad jarocha, Venustiano Carranza elaborando aquí la Ley de Imprenta y la Ley Agraria y a Benito Juárez con la ley del Registro Civil y Benito Juárez y Melchor Ocampo encarcelados en el castillo de San Juan de Ulúa por Antonio López de Santa Anna.
El castillo de San Juan de Ulúa, la cárcel privada de Porfirio Díaz Mori, quien la utilizó para lanzar al Golfo de México los trescientos cadáveres de obreros textiles asesinados en Río Blanco por militares para romper una huelga en contra de una fábrica propiedad de un extranjero amigazo del dictador.
La ciudad jarocha… la ciudad más famosa, icónica y simbólica del estado de Veracruz.
Incluso, tiempo aquel cuando el góber Agustín Silvestre Acosta Lagunes intentó trasladar la sede de los Poderes Estatales al puerto.
El Veracruz que fue…
Un buen jarocho es aquel soñando con mejorar el mundo y aportando estrategia económica y social ante un lecherito y masticando una canillita bien calientita y doradita y/o, en todo caso, desayunando picaditas y gordas.
Comiendo cocteles y ensalada de mariscos…. Cenando tacos en la calle.
Digamos, haciendo patria gastronómica y durante décadas, aunque siga jodido y consolado porque hay jodidos peores.
A tono, desde luego, con el sueño jarocho: sacarse el premio Mayor de la Lotería Nacional y/o del Melate.
Casarse con chica rica.
Tener un amigo político encumbrado.
Amar la hamaca, la papada y la panza.
Y de cara a la otra realidad jarocha: Más de 150 (ciento cincuenta) colonias populares soñando, de paso, con “La Dictadura del Proletariado”.
Los populistas.
“Los olvidados de Dios” exclamaría el cineasta Luis Buñuel.
Además, la ciudad jarocha, el erial, el desierto, el páramo cultural.
Sin un Salvador Díaz Mirón admirado por Víctor Hugo.
Un Agustín Lara componiendo ochocientas canciones.
Un Luis “El Pirata” de la Fuente estrella goleador.
Un Roberto Ávila González, despertando la admiración con los Indios de Cleveland.
El Veracruz que fue.
El Veracruz que ha dejado de ser.
Pero, bueno, el sabroso olor de las picaditas y gordas para respirarse como viento saludable.
Y porfis, sirvan igual y para todos… Y lo que estén bebiendo.
Brisa marina en las tardes frescas
Se ama el Puerto de Veracruz porque nada tan fascinante como pasear en el Golfo de México en una lanchita de pescador o un yate y porque en la playa las mulatas de veinte años venden volovanes de piña a 30 y 35 pesos.
Porque en las madrugadas encendidas el olor del mar se cuela en los fogosos cuerpos humanos… Porque hacia las 7 y media de la mañana, un agente de Tránsito (a veces hombre y a veces mujer) detiene el tráfico en el Centro Histórico para dar paso a una pareja de perritos que cada mañana salen puntuales a pasear… Porque en las mañanas el zócalo y alrededores huelen a café… Porque desde hace ratito la avenida Independencia ha dejado de oler a orines de los borrachos afiebrados con copitas… Porque más adelantito domina y predomina el olor a taco, pollo feliz, pescado frito y salsa picante de los mercados populares.
En Los Portales, y en el siglo pasado, se emborrachó el periodista y escritor Jack London cubriendo la invasión norteamericana de 1914, donde solía contratar a una mesalina para encerrarse en una habitación del hotel Diligencias.
En la ciudad jarocha nadie se aburre ni tampoco en las parejas germina la monotonía, pues los aromas del Golfo de México son como un fósforo bitacal para encender el humor y la picardía de cada jarocho empezando con la inteligencia y la chispa endilgando apodos maravillosos.
Hay, cierto, desempleo, subempleo, salarios pichurrientos y migración a Estados Unidos, pero quienes se quedan y arraigan bien pueden pasear perritos y cobrar una lanita.
Incluso, ofertar volovanes en la parada del autobús, tortas de casa en casa.
Y, bueno, hasta chambear de daifa como en aquellos tiempos mágicos de “La escondida” y las casas de Jovita, Rosita y Margarita y hasta mesalinas VIP, pues (ya se sabe) la prostitución es “el oficio más antiguo del mundo”, descrito hasta en el relato bíblico, la hetaira más famosa, Jezabel.
Población migrante
Una parte de los habitantes llegó a la ciudad jarocha como migrante. Digamos, en el siglo pasado. Hacia 1960, 1970. Antes, quizá.
Tiempo aquel cuando en las cantinas daban de botana dos tacos y un caldito de pollo en la primera cerveza y cuando en la segunda cerveza ponían en la mesa otros dos taquitos y con caldito de pescado y el estómago se daba con la comida servida.
Tiempo cuando los sábados en la noche se bailaba hasta la madrugada dominical en el salón Villa del Mar y se despertaba en el departamentito de una trabajadora doméstica conocida en el fragor del bailongo.
Y tiempo cuando se paseaba en el tranvía y conocía la ciudad en un viaje fascinante.
Y cuando el cine Reforma era el paraíso de los novios encendidos haciendo el sexo en las butacas.
Y el cine Victoria el paraíso de los gays.
Y el cine Veracruz el paraíso de las señoras solas y solitarias.
Entonces, mucho circo y poco pan, pero todos felices con los goles de Luis “El Pirata” de la Fuente y los jonrones de Beto Ávila.
Las obras teatrales de Loló Navarro y la adolescente Toña La Negra cantando en los autobuses urbanos de pasajeros acompañada en la guitarra con su hermano “El Negro Peregrino”.
Mientras, en La Huaca se cocinaba la historia con el sastre socialista, Herón Proal, quien además de coser pantalones armaba el primer sindicato de inquilinos en el país.
Y tiempo maravilloso cuando Herón Proal fue encarcelado y las prostitutas viviendo en patios de vecindad se llenaron de grandeza social y sacaron los colchones de sus recámaras a la calle y les prendieron fuego reclamando la libertad de Proal.
Y cuando el fuego se extinguía en las calles, todas las trabajadoras sexuales en caminata al penal de Allende gritoneando el nombre de Herón Proal y exigiendo la liberación inmediata.
¡Ay, si Benito Juárez García no hubiera muerto!…
La historia nos contempla…
Aquí, la primera fosa clandestina del Estado de Veracruz. Colinas de Santa Fe.
Aquí, la primera derrota del PRI en las alcaldías. Roberto Bueno, el Flamer mayor.
Aquí, el histórico desalojo del penal de Allende para filmar una película de Mel Gibson.
Aquí, la primera estatua gigantesca de Porfirio Díaz Mori arrumbada en una bodega porque el góber en turno, Miguel Alemán Velasco, se opuso a su instalación.
Aquí, un club de futbol, los Tiburones Rojos, cambiando de propiedad en cada sexenio.
Aquí, un Salvador Díaz Mirón encarcelado luego de matar por la espalda a un cristiano simplemente porque lo ofendió.
Aquí, la historia y la grandeza son sinónimos.
Casi casi, la Grecia clásica del siglo XXI.
Y al ritmo de “La Bamba” y “El Tilingo lingo” y María Bonita de Agustín Lara.
Espacios religiosos y sociales de peregrinaje los siguientes: Los Portales, el Zócalo, el castillo de San Juan de Ulúa, el salón Villa del Mar.
Una veladora para encender en la catedral, aquí donde Hernán Cortés quiso crear el primer Ayuntamiento de América Latina en tierra firme.
Con todo y que venía de España enfermo de sífilis y que por fortuna (gracias a Diosito santo) nunca transmitió a la Malinche, pues estaba curada de espanto con hierbitas medicinales.

